Miembro de REMES

Miembro de REMES
Autor, miembro de Red Internacional de Escritores
Mostrando entradas con la etiqueta SU Moral. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SU Moral. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de octubre de 2026

Prólogo del libro "Todo huele a vida". Autora: SU Moral (Coaching a mi manera)

 


PRÓLOGO: El espíritu cotidiano de la memoria y la poética de los fogones

Consideremos el umbral y la casa como una  cocina; un centro del cosmos. Hay libros que no se leen con la prisa del intelecto ni con la mera curiosidad del transeúnte; hay libros que se habitan, que se transitan con la misma pausada devoción con la que se regresa, tras un largo y fatigoso exilio, a la casa de la infancia. En esos inmuebles de la memoria, el tiempo no transcurre de forma lineal ni implacable, sino que se amansa en las esquinas, se tamiza a través de visillos desgastados y se deposita, como una fina capa de pulso vital, sobre los muebles de madera y las baldosas gastadas. 

Todo huele a vida pertenece, desde su primera línea, a esta estirpe de obras singulares y escasas. No estamos únicamente ante una recopilación de vivencias ni frente a un ameno catálogo de recetas y paisajes; nos hallamos ante una auténtica cartografía afectiva, una meditación poética de hondo calado sobre cómo los afectos, la música y la gastronomía constituyen la arquitectura secreta sobre la que se sostiene nuestra existencia.

Para adentrarse en la obra que el lector sostiene hoy entre las manos, es preciso despojarse del ruido del mundo exterior. En una época dominada por la prisa, el consumo efímero y la prisa tecnológica, donde la comida se ha convertido en muchas ocasiones en un simple trámite nutricional o en un espectáculo de diseño desprovisto de alma, la autora SU nos propone una revolución silenciosa: la vuelta al origen. Y ese origen se sitúa, invariablemente, en el centro neurálgico de cualquier hogar verdaderamente humano: la cocina.

Pero la cocina que aquí se evoca no es un mero espacio funcional de trabajo, un laboratorio neutro de acero inoxidable o un lugar de tránsito acelerado antes de salir hacia las obligaciones cotidianas. La cocina de este libro es el santuario fundamental de la vida. Es el lugar donde la materia inerte se transforma, por obra de la paciencia y el cariño, en consuelo y alimento; es el fogón donde se preserva el fuego sagrado de la tribu y donde las historias no solo se cuentan, sino que se saborean. 

Allí donde la mirada apresurada solo detectaría la inercia de la rutina o la repetición mecánica de las tareas domésticas, la pluma de la autora se detiene a desvelar la belleza sutil de lo imperecedero. El acto cotidiano de cortar una hortaliza, de velar el hervor pausado de un caldo o de medir a ojo la sal precisa de un guiso adquiere aquí una dimensión casi litúrgica. Es la celebración de estar vivos, la afirmación terrenal de que mientras haya un fuego encendido y una mesa dispuesta, el caos del mundo exterior quedará, al menos por unas horas, mantenido a raya.

Como una  Arqueología de la cotidianeidad, el tiempo se congela en una nevera que nunca se vacía. Son tantos los recuerdos como los latidos de existencia.  Uno de los grandes hallazgos de Todo huele a vida es su capacidad para convertir los objetos y espacios más prosaicos de nuestro entorno doméstico en auténticos yacimientos arqueológicos del sentimiento. La autora posee esa rara cualidad de los grandes observadores de la vida cotidiana: la capacidad de ver más allá de la corteza utilitaria de las cosas para descubrir su pulso invisible.

Pensemos, por ejemplo, en la manera en que la obra aborda el congelador de la casa. En manos de un cronista convencional, este electrodoméstico no sería más que un artefacto utilitario para la conservación del frío. Sin embargo, en estas páginas, el congelador se revela como una cápsula del tiempo, una biblioteca de recuerdos preservados, un baúl de tesoros donde el amor familiar ha quedado suspendido en el frío para acudir en ayuda del futuro. Un tupperware olvidado al fondo de un cajón helado no guarda únicamente una ración de lentejas o un caldo de ave; guarda el cuidado de una tarde de domingo, la previsión maternal que anticipa la necesidad de consuelo de un hijo distante, el tiempo regalado de alguien que pensó en nosotros cuando no estábamos presentes. Rescatar ese recipiente del frío no es una simple acción gastronómica: es un acto de resurrección afectiva, la comprobación de que el cariño puede vencer a la caducidad.

De igual modo ocurre con la metáfora de la nevera. A través de una prosa vibrante y llena de ingenio, nuestra irrepetible SU desmonta la falsa idea de la "nevera vacía". Para quien posee imaginación, memoria y deseo de agradar, una nevera jamás está desolada. En el cruce entre un pedazo de queso olvidado, unas hierbas aromáticas aún frescas y el aceite de oliva se esconde siempre el germen de una fiesta imprevista. La cocina, tal como se nos revela en este texto, no requiere la opulencia de los grandes mercados ni el despliegue de ingredientes exóticos; requiere, sobre todo, la presencia del espíritu, la disposición a crear el milagro a partir de lo humilde.

En esta geografía del hogar, los banquetes más memorables no son aquellos que acumulan aplausos críticos ni los que ostentan la complejidad técnica de la alta cocina internacional. Los mejores banquetes —nos recuerda la autora con una sabiduría luminosa y serena— son aquellos que consiguen el verdadero propósito de la gastronomía: que los seres queridos olviden la tiranía del reloj, que las conversaciones se prolonguen hasta bien entrada la noche y que las personas se demoren un rato más alrededor de la mesa, suspendidas en esa tibia fraternidad que solo nace cuando se ha compartido el pan y el vino con la verdad del corazón.

Así, la banda sonora de la memoria posee música, aroma y nostalgias luminosas Si la comida es el cuerpo de este libro, la música es, sin lugar a dudas, su aliento vital. Nada en estas páginas transcurre en el silencio absoluto. Como una corriente subterránea que alimenta las raíces de cada historia, la música atraviesa la narrativa creando una experiencia sensorial completa, una verdadera sinestesia donde es imposible separar el aroma de un guiso del acorde de una guitarra o el compás de un bolero.

La autora comprende con maestría que la memoria no solo se guarda en los ojos, sino que habita con especial fiereza en el oído y el olfato, los dos sentidos más primitivos, inmediatos e incontrolables del ser humano. Una cancioncilla escuchada al pasar por una ventana abierta, la sintonía de un programa de radio que sonaba de fondo en la cocina de la infancia o los discos de vinilo que giraban en las tardes de lluvia poseen el poder mágico de derribar el tiempo. En un instante, un simple acorde nos devuelve la voz de una madre que ya no está, el perfume de una colonia infantil o la temperatura de una tarde de verano de hace tres décadas.

En Todo huele a vida, la gastronomía y la música no son dos disciplinas independientes que se cruzan por azar; se alimentan mutuamente en una danza inseparable. El ritmo de una estrofa acompasa el crujir de la cebolla al pocharse en la sartén; la cadencia suave de un adagio acompaña la espera paciente del pan en el horno; una nota de piano despierta el sabor exacto de un plato que creíamos olvidado en los bolsillos del pasado.

Hay en esta forma de narrar una hermosa lección sobre la herencia intangible. Heredamos casas, muebles o joyas, sí; pero las verdaderas herencias, las que verdaderamente nos configuran por dentro, son aquellas que no se pueden tasar en un inventario: el gusto por las cosas bien hechas, la inclinación a cantar mientras se cocina, la receta secreta transmitida sin medidas escritas —"un puñado de esto, lo que pida la harina, una pizca de aquello"— y el amor incondicional por la vida que nos fue transmitido en el calor de los primeros abrazos. La ingeniosa y entrañable autora rinde homenaje a esas figuras tutelares —madres, abuelas, tías, amigas— que convirtieron la cotidianeidad en una obra de arte sin pretensiones, enseñándonos que la cultura más profunda es aquella que se transmite en los pequeños gestos del cariño diario.

Y, cómo no,  viajamos hacia la geografía del afecto: del puerto de origen a los mapas del alma. Aunque el corazón de esta obra late con fuerza en el espacio íntimo de la casa, Todo huele a vida es también un libro de viajes, una obra con ventanas abiertas de par en par al aire del mundo. Sin embargo, los desplazamientos que aquí se relatan nada tienen que ver con el turismo apresurado, superficial y compulsivo que caracteriza a nuestra era. Los viajes de la autora son peregrinaciones del espíritu, indagaciones humanas sobre cómo la vida se manifiesta en diferentes latitudes a través de los mismos principios fundamentales: la comida, la música y la necesidad de encuentro.

A través de sus páginas, acompañamos a la autora por geografías diversas, desde mercados bulliciosos donde los colores y las especias aturden los sentidos, hasta mesones recónditos donde un plato local se convierte en la clave para descifrar el alma de todo un pueblo. Pero el viajero atento que escribe este libro no busca acumular sellos en el pasaporte ni postales para la galería; busca el hilo invisible que une a todos los seres humanos en torno a la mesa. Descubre que, tras las diferencias idiomáticas, culturales o climáticas, la esencia del acto de comer juntos permanece inmutable en cualquier rincón del planeta: la búsqueda de refugio, la celebración de la cosecha, el alivio del cansancio y la alegría del compartir.


Viajar, en esta obra, es un ejercicio de humildad y aprendizaje. Es salir al encuentro del otro con los sentidos despiertos para aprender a sazonar la propia existencia con nuevos matices, para comprender que la propia cocina es solo una estrofa de una canción inmensa que se canta en todo el globo. Y lo más hermoso de esta travesía es que todo viaje narrado en estas páginas tiene, en última instancia, el sentido del regreso. Se viaja no para huir, sino para aprender a mirar el propio hogar con ojos renovados; se viaja para volver a la cocina de origen con las manos cargadas de historias, ingredientes nuevos y un corazón más espacioso, capaz de acoger a más personas en la mesa.

Por todo, desempeñamos la generosidad como un destino, hacia un pacto con la alegría. No importa lo duro del viaje si siempre arribamos con una sonrisa, a veces de alivio y otras con la consciencia del triunfo frente a la adversidad. 

Llegados a este punto, cabe preguntarse cuál es la tesis profunda, el verdadero poso filosófico que nos deja la lectura de Todo huele a vida. Y la respuesta emerge con una claridad deslumbrante: cocinar, escuchar, recordar y narrar son, en esencia, distintas manifestaciones de un mismo verbo: regalar.

En un mundo donde las relaciones humanas se ven con frecuencia amenazadas por el utilitarismo, el cálculo de beneficios o el aislamiento individualista, el acto de cocinar para otros se alza como el último reducto de la pureza humana. Es la forma más desinteresada y hermosa de la generosidad. Cuando alguien dedica su tiempo —el bien más escaso y valioso de nuestra era— a seleccionar unos ingredientes, a prepararlos con mimo, a velar su cocción y a vestir una mesa para recibir a otros, está realizando una declaración de amor en toda regla. Es una caricia enviada al futuro, un mensaje silencioso que dice: "Tu presencia me importa, tu bienestar me preocupa, tu alegría es la mía".

Cocinar para los demás es un acto de fe en el mañana. Es la certeza de que el tiempo invertido en cuidar a los nuestros no es jamás tiempo perdido, sino tiempo ganado para la eternidad de los recuerdos. Este libro es una invitación vehemente a recuperar esa generosidad perdida, a no esperar a las grandes ocasiones para sacar la mejor vajilla, a no aguardar a las fechas señaladas para abrir esa botella de vino guardada o para decir a quienes queremos lo fundamentales que son en nuestra vida.



Todo huele a vida nos enseña, con una ternura sin concesiones y una elegancia lírica envidiable, que la felicidad verdadera no habita en las cumbres inalcanzables de las grandes gestas ni en los planes grandilocuentes que el azar o el destino se encargan con frecuencia de desbaratar. La felicidad verdadera es modesta, cercana, doméstica; reside en la sabiduría de saber detenerse, en la capacidad de saborear el instante presente, en la pausa consciente para oler el aroma del café recién hecho por la mañana, en el crujido del pan fresco, en la risa contagiosa de un amigo y en la certeza de que el amor se cultiva, día a día, en las pequeñas cosas que sostienen el mundo.


Lector, estás a punto de cruzar un umbral excepcional. Este libro no es solo un objeto de papel y tinta que vas a leer; es una mesa que ha sido vestida para ti con el mayor de los esmeros. Tómate tu tiempo. Apaga las prisas del día, deja fuera las incertidumbres y las cargas cotidianas. Pasa sin llamar, acomódate en el lugar que más te guste de esta estancia y deja que la música comience a sonar en el aire. Escucha el murmullo de los afectos que no se extinguen, percibe el vapor reconfortante de las historias que están a punto de ser servidas y permite que la calidez inconfundible de estas páginas te envuelva el alma y te recuerde aquello que el ruido del mundo a menudo nos hace olvidar: que, pese a todo, contra todo y sobre todo, aquí y ahora, todo huele a Vida.


Ignacio Fernández Candela